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River empató con Palestino en un Monumental sin público

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En el Monumental vacío, el conjunto de Gallardo, que no puede estar en el banco, igualó 0 a 0 con el elenco chileno.

River comenzó el partido imponiéndose en la mitad del campo, con movilidad, buscando vulnerar la oposición de un equipo que no se refugió, que también intentó jugar, buscando a su 9, Passerini, y luego sumando gente al ataque a partir de su pivoteo.

En el contexto de un partido sin clima por la particularidad de la falta de público, que generó que a ambos conjuntos les costara entrar en ritmo, el Millonario tuvo la primera oportunidad de gol a los 12 minutos, a partir de un tiro libre de Quintero que atajó el arquero González. Palestino se fue amoldando de a poco al encuentro, ante la falta de precisión en la elaboración del dueño de casa. A los 20 minutos, el peligroso Jiménez sacó un remate filoso que halló una buena intervención de Armani.

A los 31 minutos, River elaboró la mejor acción de la primera parte y perdió una chance increíble: Quintero «pinchó» un pase delicioso para Borré, quien no fue egoísta y cedió para Ignacio Fernández. Nacho, con el arco descubierto, tiró el balón por encima del travesaño.

El último tramo del duelo mostró al local con un juego más directo, asediando a su adversario. Pratto (tras centro de Fernández) y nuevamente el propio mediocampista contaron con remates francos, pero fallaron en la definición.

La segunda parte mostró a un River más jugado, ambicioso, pero al mismo tiempo dejando espacios en la búsqueda. A los tres minutos, Agustín Farías tocó la pelota con la mano sobre la línea del área ante el intento de Fernández, pero el árbitro venezolano Alexis Herrera señaló que la infracción fue afuera del área.

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Zárate ya no es de Vélez: el club decidió echarlo como socio

uego de sus declaraciones post eliminación de Boca al Fortín en La Bombonera, desde Liniers decidieron aplicar un artículo del estatuto para echarlo por «hacer intencionalmente daño a la institución».

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Vélez Sarsfield decidió expulsar como socio al ex jugador del club, Mauro Zárate, a partir de la controvertida relación que se generó en el último tiempo con el actual delantero de Boca Juniors.

La Comisión Directiva de la entidad de Liniers resolvió aplicar el artículo 28 del estatuto que establece que un asociado puede ser echado por “inconducta notoria” o “hacer intencionalmente daño a la institución”.

La polémica generada en torno a la relación institución-jugador, que decidió abandonar el club en el que se formó futbolísticamente para pasar al Xeneize, recrudeció la semana pasada, en el cotejo desquite de una de las llaves de cuartos de final de la Copa de la Superliga entre Boca y Vélez.

Con la clasificación consumada del elenco de la Ribera, por la vía de los penales, luego de que los 180 minutos globales de la eliminatoria resultaran empatados sin goles, Zárate efectuó declaraciones periodísticas en las que reflejó cierto desprecio por la institución de Liniers manifestando que “pasó el equipo grande”.

Integrantes de distintas agrupaciones como La V Azulada, José Amalfitani, Círculo El Fortín y Unidad Velezana, entre otras, habían solicitado días atrás a la CD que declarase “persona no grata” al atacante. /Minuto Uno/

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La F1 de duelo: murió el tres veces campeón Niki Lauda

El austriaco tres veces campeón de la Fórmula 1 ganó 25 carreras y se consagró en 1975, 1977 y 1984

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A los 70 años, murió Niki Lauda, uno de los mejores pilotos de la historia de la Fórmula 1. Se impuso en 25 carreras y ganó tres títulos del mundo. Sin embargo, la mayoría de la gente lo recuerda por su peor momento. Por el terrible accidente que sufrió en Nürburgring en 1976. Lauda fue un enorme piloto en una época en que sobresalir no era tan sencillo. Tenía un talento poco vistoso. Lo suyo no eran las grandes maniobras, ni los sobrepasos alocados. Era un ingeniero puesto tras un volante. Su mayor virtud era la inteligencia, la sangre fría. El campeón sobrio. Lograba pensar con tranquilidad a trescientos kilómetros por hora. La dimensión legendaria, el carácter mítico lo obtiene al sobreponerse al accidente que casi pierde la vida y le costó mucho dolor y varias de sus facciones. Una oreja arrebollada, informe, un párpado destruido, la piel de la frente y del costado derecho de su cara con los trazos perfectamente marcados de las quemaduras. La piel rugosa, lacerada, las cicatrices perpetuas, los tatuajes del accidente.

1 de agosto de 1976. La carrera recién comenzaba. La pista mojada y el pronóstico de buen tiempo hacían dudar a los pilotos y a las escuderías. Nadie sabía qué neumáticos utilizar. Nüburgring era un circuito exigente. Acaso el más exigente de todos en ese tiempo. Cada vuelta era de casi 23 km. El campeón vigente y cómodo puntero del campeonato de pilotos, Niki Lauda, adoptó una decisión inteligente, y, una vez más, sorprendió a sus rivales, y entró a boxes luego de finalizar la primera vuelta. Al salir, con las gomas para suelo seco, su velocidad abrumaba a sus contendientes. Pero pocos kilómetros más adelante, finalizando el sector más sinuoso del circuito, en medio de la última curva, el impasible austríaco perdió el control del vehículo. Nunca se supo si fue una falla humana o mecánica (las pericias no eran tan exhaustivas en esos tiempos). La Ferrari con el número 1 impactó de lleno contra un terraplén, giró sobre sí misma y siguió golpeando contra la montaña en un par más de ocasiones. Hasta que, luego de desprenderse un neumático, ya convertido en una bola de fuego informe, el auto se paró en medio de la pista. Un rezagado, mientras intentaba frenar, impactó con Lauda. Además de ese conductor, un norteamericano ex combatiente de Vietnam llamado Brett Lunger, otros tres corredores detuvieron su marcha para asistir al accidentado: Harald Ert, Arturo Merzario y Guy Edwards. El norteamericano penetró entre las llamas. El crepitar de los hierros y el ruido lejano de los motores dejaban escuchar los aullidos de dolor del campeón atrapado. El italiano Merzario aportó el detalle que junto al arrojo de Lunger salvó la vida de Lauda: como había estado en Ferrari sabía que los cinturones de seguridad de sus autos se abrían de manera diferente al de las otras escuderías. Lunger tironeó del cuerpo mientras los otros vacían sus extinguidores sobre Lauda. La cara de Niki estaba deshecha. Ensangrentado, en carne viva, la parte superior de su cara parecía construida con cera derretida. Nada estaba en el lugar en que debía estar. La piel caía a jirones de sus manos. Al llegar al hospital las posibilidades del austríaco de sobrevivir eran muy escasas. Mientras le realizaban las primeras intervenciones médicas recibió la extrema unción.

Ese 1 de agosto de 1976 parecía que su carrera había finalizado. Con varias carreras para terminar el año, aún sin competir podía coronarse campeón por segundo año consecutivo dada la gran diferencia de puntos que tenía con sus principales perseguidores, James Hunt y Jody Sheckter. Algo no tan frecuente en esos años -el último bicampeonato lo había conseguido Brabham en los años 59/60- de menor tecnología, gran paridad y pilotos que podían ganar carreras aún sin estar en los mejores equipos. Pero la carrera de Lauda no acabó en Nürburgring. Menos de un mes y medio después volvió a correr. Un milagro. Y una proeza de la fuerza de voluntad. A 42 días de convertirse en el piloto bonzo, volvió a estar en la grilla de largada de un Gran Premio. La gente las primeras veces que se lo encontraba no podía sostenerle la mirada. No podían acostumbrarse a su nueva cara. A Lauda poco le importaba. Su fuerte personalidad y determinación le permitieron seguir adelante.

Esa temporada, en la última carrera, tal vez se dé el mayor momento de su carrera. El ganador, el tricampeón del mundo, consiguió su momento inmortal en una derrota. En su ausencia, James Hunt había aprovechado para acercarse. Antes del Gran Premio de Japón, última carrera en el calendario de la Fórmula 1 de ese año, el austríaco aventajaba a Hunt por tres puntos. Vale la pena detenerse en Hunt. Representaba lo opuesto a Lauda. Era la osadía, el desparpajo, un playboy que aceleraba en cada curva y en cada momento de la vida. Se vanagloriaba de épicas orgías las noches previas a las carreras. Su larga cabellera rubia sobre el buzo antiflama marcaron una época. Su figura y la rivalidad con Lauda son el sustento argumental de Rush, la excelente película de Ron Howard: un western sobre ruedas, un duelo entre dos personalidades opuestas, que pinta un mundo mítico como el de la fórmula 1 de los setentas con gracia y precisión.

El circuito del Monte Fuji al momento de la largada fue víctima de un temporal. La lluvia caía sobre la pista con furia. Los organizadores decidieron seguir adelante. Lauda largaba en segunda fila, detrás de de Hunt y de Mario Andretti. Las imágenes de la largada son estremecedoras. La lluvia persistente moja los autos pero en el momento en que se ponen en marcha una gran nube de agua se levanta del asfalto y cubre los autos. Hay que adivinar que pasa dentro. Parece una escena extraída de los Autos Locos. A las pocas vueltas Lauda se detuvo en boxes y decidió no continuar. Alguien, presumiblemente el jefe del equipo, se inclina sobre su auto e intenta convencerlo, pero Niki se baja del auto y se quita el casco. La carrera había terminado para él. Había aprendido la lección. Parecía que la influencia geográfica había derramado sobre él sabiduría oriental. Prefería perder una carrera, un campeonato y no la vida. Además de su accidente de pocos meses antes, se debe recordar que en los últimos tres años en la Fórmula 1 habían fallecido cinco pilotos. Al principio de año los corredores en sus reuniones se miraban entre sí y pensaban, sin decirlo en voz alta, cuál de ellos sería al que le tocara caer en competencia ese año. Sabían que al final de la temporada alguno o algunos de ellos ya no estarían más. Lauda había estado demasiado cerca ese año. Y con esa decisión no sólo posibilitó que Hunt se quedara con el campeonato (salió cuarto luego de una gran remontada final y superó a Lauda por un punto en el campeonato) sino que demostró que había cosas más importantes que una carrera, que sus prioridades se habían reacomodado. Ese abandono fue uno de sus indiscutibles momentos de humanidad y grandeza.

En esos años con los peligros que afrontaban los pilotos no podía haber en su elenco ningún cobarde. Se jugaban -literalmente- la vida en cada carrera. Niki Lauda entendió que ser valiente no tiene nada que ver con la temeridad.

Al año siguiente se recuperó y ganó su segundo campeonato mundial de punta a punta. Cada día se mostraba más fuerte. El accidente y la experiencia cercana a la muerte habían quedado atrás. Un tiempo después decidió retirarse del automovilismo. Fundó una línea aérea que luego vendió. Retornó a la Fórmula 1 en el 82. Creía que todavía podía dar algo más. En 1984 consiguió su tercer título al vencer por medio punto a Alain Prost. Luego tuvo otra aerolínea (que sufrió un accidente fatal en 1991 en Tailandia que dejó casi tres centenares de muertos) y volvió otra vez a la Fórmula 1 ya no como piloto sino como directivo y asesor.

Su actitud vital nunca varió a pesar de varios inconvenientes de salud. Debió someterse a dos trasplantes de riñón. Y en Ibiza, hace poco menos de un año, le realizaron un tercer trasplante, uno de pulmón, afectado desde el accidente del 76 en el que aspiró humos tóxicos. Hace décadas que Niki Lauda se convirtió en una leyenda. El campeón del mundo sereno, impasible, frío y racional. El que lograba reflexionar con claridad en los momentos más dramáticos. El que se paró de frente a la adversidad. Las cicatrices en su cara que nunca se quiso sacar, que se negó a operarse, las lesiones permanentes en el cuero cabelludo que sólo tapó con una gorra, nunca fueron un estigma para Lauda. Sino un testimonio de lo vivido y de aquello contra lo que batalló y debió superar. Ese es su mayor legado.

Fuente: Infobae.

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San Jorge ganó y se ilusiona con el ascenso al Nacional B

El conjunto de Víctor Nazareno Godoy se impuso por 3 a 1 ante Sportivo Desamparados y ahora va por Alvarado de Mar del Plata o Sol de Mayo de Viedma.

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La ilusión sigue intacta y cada vez se agranda más. San Jorge volvió a ganar, liquidó la serie ande Sportivo Desamparados y se metió en las semifinales del reducido por el segundo ascenso que otorga el Torneo Federal A a la B Nacional. El Expreso Verde se impuso 3 a 1 en su cancha, y tras el triunfo logrado 3 a 0 en San Juan, cerró su llave de cuartos de final de la mejor manera.

El conjunto de Víctor Nazareno Godoy salió decidido a no pasar sobresaltos esta tarde en San Andrés. De entrada nomas golpeó, por medio de Ricardo Tapia, antes de los quince. Para colmo, tres minutos después, Martín Peralta estiro la diferencia y ya todo estaba liquidado. De poco sirvió el descuento rápido de los sanjuaninos, por intermedio de Nicolás Scottile. En el inicio del complemento, Peralta le puso cifras definitivas al encuentro, coronando un 6 a 1 global.

San Jorge aún no tiene rival de semifinales, recién lo conocerá cerca de las 23, cuando jueguen en Mar del Plata, Alvarado ante Sol de Mayo, de Viedma. En la ida fue empate 1 a 1, y el que se imponga logrará el pase a la siguiente ronda. En caso de igualar, pasará el conjunto marplatense por ventaja deportiva.

Asimismo, Defensores de Belgrano de Villa Ramallo igualó como local ante Gimnasia y Esgrima de Concepción del Uruguay, 1 a 1, y pasó de ronda luego de haber ganado en la ida, como visitante, por 3 a 2. Por su parte, a las 19 jugarán Sarmiento de Resistencia ante Deportivo Madryn. Los chaqueños la tienen complicada, tras caer 3 a 0 en el primer encuentro. /El Tucumano/

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