La muerte de una mujer no puede pasar inadvertida en San Pablo, porque fueron las mujeres las que le pusieron el cuerpo al pueblo... Un viaje al interior de San Pablo, el pueblo que llora a Priscila Paz

La muerte de una mujer no puede pasar inadvertida en San Pablo, porque fueron las mujeres las que le pusieron el cuerpo al pueblo cuando el ingenio cerró y a los hombres se les abrió una herida en el alma. En el imaginario paulistano la mujer se empoderó mucho antes de que empoderar, como verbo y como realidad, se pusiera de moda. Priscila Paz, mujer, paulistana, fue asesinada y la sensación es que nada puede seguir igual.

“Esto es así”, dice el comisario Raúl Gómez. Toma una hoja en blanco y hace dos dibujos. Rápido, a mano alzada. De un lado, un mapa de San Pablo, del otro un bosquejo macro de la zona, incluyendo El Manantial y retazos de la capital, Lules y Yerba Buena. En noviembre, Gómez cumplirá dos años al frente de la comisaría. Son tiempos difíciles para él, los reclamos de los vecinos lo mantienen entre la espada y la pared.

El escenario no ayuda. En la esquina se amontonan los vehículos detenidos y convertidos en chatarra. La seccional es un bloque edilicio al que le sobran años, le falta mantenimiento y carece de toda funcionalidad. Al lado está la sede de la comuna y en el medio quedó el cajero del Banco del Tucumán. Ese retazo de la calle San Martín, la principal, es el corazón político y administrativo de San Pablo. Estacionado al frente de ese complejo de paredes descascaradas impacta un Alfa Romeo negro. “Es de un empleado de ahí”, explican. “Ahí” es el Juzgado de Paz.

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FINCAS. Una parte indivisible del paisaje paulistano.

Son las cuatro de la tarde y de las fincas de limones van saliendo los cosecheros y cosecheras, bien cubiertos del sol que pega fuerte por más que agosto recién está empezando. Charlan en una cancha de fútbol aledaña, con las bolsas verdes al hombro, hasta que la mayoría sube a los ómnibus que esperan repartidos como una maraña de carcasas coloridas. El limón y la caña arrastran la poca mano de obra que consigue emplearse en la zona. Lucen como fotos de otro tiempo.

El San Pablo fue el último ingenio que cerró. Sucedió en 1992, durante el gobierno de Ramón Ortega. “En ese momento se decapitó el ansia de crecer”, sostiene Clara Flores de Lezana, directora del hospital. El ingenio ofició de padre benefactor durante demasiado tiempo, tanto que su ausencia, de tan intolerable, llevó al pueblo a reclamar otro tutelaje. Y lo encontró en el Estado. “Se cambió un feudo por otro”, sintetiza Flores de Lezana. Pero ese mal de muchos, común a cada rincón de Tucumán que perdió su motor económico, no encaja del todo en San Pablo.

El ingenio es un dolor que no se va. Las tres chimeneas se divisan desde todos los rincones del pueblo. Al levantar la vista se recorta la historia que inició la familia Nougués cuando el siglo XIX estaba arrancando. El apellido emerge aquí y allá, desde el nombre oficial del pueblo (Comuna de San Pablo y Villa Nougués) al del estadio (“Máximo Nougués”), y por más que la fábrica azucarera sea hoy el campus de la Universidad de San Pablo-T. Las chimeneas martillan la memoria para convencerla de que todo tiempo pasado fue mejor. Al menos eso repiten los paulistanos que pasaron los 40. Tal vez San Pablo necesite limpiar su horizonte, el real y el simbólico, para concentrarse en el futuro. La pregunta de jóvenes y no tan jóvenes es ¿dónde está el futuro? ¿En San Pablo?

No hay cloacas en San Pablo y al gas natural lo disfrutan muy pocos. El pavimento es un bien escaso y hay más perros callejeros de los que podrían contarse. Hasta ahí nada distinto al Tucumán de todos los días. Pero al contrario de las otras 92 comunas, la evidencia de la segmentación social se nota en San Pablo por los countries que proliferan hacia el norte y el oeste. El contraste en la calidad de vida de los vecinos es uno de los temas que marcan la vida del pueblo. En el medio quedaron dos bonitos barrios de clase media, el Portal y el Odontológico. Son más de 20.000 los habitantes comprimidos entre los mismos límites jurisdiccionales pero separados por un universo cultural. Si América latina es el continente de la desigualdad, en San Pablo esa lógica tiene la fuerza de las cercas y las rutas que marcan líneas divisorias.

“Acá la droga apareció hace cosa de ocho o 10 años. Antes no se veía, era un pueblo tranquilo. A lo sumo, se agarraban a piñas después de un clásico con Almirante Brown o a la salida de un baile”, apunta Ricardo Villa, nacido y criado en San Pablo.

Hay un afuera al que culpar por el sufrimiento de adentro. La cuna de todos los males, afirman en San Pablo, es El Manantial. En San Pablo hay pequeños dealers que alimentan el narcomenudeo, en El Manantial -explican- viven y trabajan los clanes que manejan el negocio. Del Manantial vienen a arrebatar celulares y a robar, en motos que entran y salen a toda velocidad. Si los chicos se drogan, si carecen de contención, si en los barrios vulnerables como Punta del Monte y Villa del Rosario el paco avanza, es porque al demonio foráneo nadie lo controla. Si se construyera un muro, como el que Donald Trump propone para separar Ciudad Juárez de Estados Unidos, El Manantial quedaría demasiado lejos. En El Manantial, apunta el comisario Gómez, la Policía tiene dos camionetas, en San Pablo hay apenas cuatro motos y dos están en reparación.

Hay un árbol inclinado hacia la cancha que puede provocar una tragedia. Julio Leiva, presidente del club, revela que quisieron cobrarle $ 65.000 para sacarlo. Una tormenta, un ventarrón, dejan a Leiva con el Jesús en la boca.

San Pablo es uno de los clubes más antiguos de Tucumán. Nació en 1911, vivió momentos brillantes y tras caer en un pozo depresivo, al compás del pueblo, hoy resiste y se anima a caminar. “En esta zona vamos a hacer las canchas auxiliares”, dice Leiva mientras recorre un terreno recuperado. Revela que un empresario le prometió sacar el árbol, prestarle un tractor para cortar el pasto y cambiar el tinglado. Sigue esperando, pero con una sonrisa.

A Leiva se le nota el amor por su club. No es el club, es su club. De lo contrario no estaría ahí, haciendo planes. A su lado, silencioso, camina José Ernesto Campos, encargado de coordinar las divisiones inferiores. Campos fue un goleador tremendo, que habrá hecho lo suyo en Atlético y en San Martín pero cuyos colores son el azul y el amarillo. Desde la pertenencia genuina, Campos, con las manos en los bolsillos y la mirada en el piso, apunta: “¿sabés qué nos está faltando en San Pablo? Unión”.

Los vendedores de pan casero se acomodan en las esquinas. Las motos van y vienen. Hay chicos que surcan la San Martín, la pequeña plaza seca del pueblo, con su mural al fondo. A la vuelta está el templo de San Pablo Apóstol. Es la construcción más imponente del casco céntrico y una de las mejor cuidadas. No son muchos los edificios bien cuidados en la zona. Los vecinos elogian a Luis Brandán, quien llegó para revitalizar la parroquia pero ya cumplió cuatro años frente al altar y el arzobispo está en condiciones de incardinarlo en otro lado. No quieren que se vaya.

A la vida espiritual de San Pablo contribuyen, haciendo pie sobre todo en las comunidades vulnerables, adventistas, Testigos de Jehová y otras iglesias evangélicas. En una comunidad cruzada por el alcoholismo -que de tan enraizado ni siquiera se considera una adicción-, el embarazo adolescente y, como jinete del apocalipsis, el paco, la contención mano a mano, cara a cara, día a día, es imprescindible.

San Pablo es un maremágnum de planes sociales y punteros políticos. Llega un punto en que es difícil discernir quién responde a quién. Daniel Castro es el delegado comunal al que se critica y, al mismo tiempo, se vota. Ya lo eligieron tres veces, la última al cabo de un proceso del que habló el país cuando se quemaron urnas en la escuela Luis F. Nougués. Daniel Castro es, también, un delegado fantasma, o al menos difícil de localizar en su despacho. Sobrevivió a un par de serias crisis políticas, incluyendo la detención que le aplicó el entonces fiscal anticorrupción Esteban Jerez allá por 2002, en una causa por presunta malversación de fondos para comedores infantiles. Después fue sobreseído.

El que pone la cara y el discurso es Sergio Castro, que además de ser su hermano -y a la vez parte de una dinastía política del peronismo tucumano- ya lanzó la candidatura a delegado comunal para el año que viene. Su nombre, unido al de la fórmula Manzur-Jaldo, adorna refugios de ómnibus y paredes de San Pablo. Sergio Castro es secretario general de la comuna y enumera las obras que se hicieron. Las mejores, en su opinión, corresponden al período 2007-2011, cuando se inauguraron las primeras escuelas secundarias. Hoy pondera la iluminación led y los esfuerzos en materia de capacitación para jóvenes en la oficina de empleo, todo con un marco económico complicado.

“San Pablo tiene la demanda de una municipalidad con la estructura de una comuna”, enfatiza. Por eso, al contrario de quienes opinan que a San Pablo le convendría pasar a formar parte de otro municipio (¿Lules? ¿Yerba Buena?), sostiene que lo más justo sería convertirse en municipio. Equivaldría a liberarse de los dictados de la Provincia para manejar recursos propios. Sergio Castro habla desde una oficina ascética, decorada con una bandera argentina y dos cuadros pequeños y en blanco y negro. En uno, Evita saluda al pueblo. En el otro, Perón se refiere al valor de la lealtad.

Por esas calles, entre tanto verde, al calor de ese microcosmos se movía Priscila Paz. Mujer, paulistana, asesinada. Su padre construye una ermita destinada a recordarla. Detrás de ese blanquísimo pedacito de memoria crece el cañaveral. A lo lejos las tres chimeneas, omnipresentes, completan el paisaje

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